12 ene 2012

Los consejos de una voz autorizada

Tras aquellas horas disfrutando de una merienda junto a nuestro querido señor Keating y a la interesante Jacqueline Kerguéno, nuestro guía decidió que, quizás, podría resultar interesante para nosotros el hecho de recibir los consejos de una voz autorizada en cuanto a literatura infantil y juvenil se refiere; así que, al salir de la cafetería, enseguida contactó con su buena amiga Maite Carranza para concertar una cita con todos nosotros.

Tuvimos suerte, pues la ganadora del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2011 por su obra en catalán “Paraules emmetzinades” (Palabras envenenadas) se encontraba junto a sus hijos en una de las calles adyacentes a la de la cafetería de la que habíamos salido; tardaría un poco en llegar, así que el señor Keating decidió que lo mejor sería citarnos en un parque infantil cercano…

Pero, una vez más, el señor Keating no estaba improvisando; y, mientras nos dirigíamos a aquel pequeño parquecito, nos dijo que siempre era conveniente conocer un poco más de la persona con la que nos fuésemos a entrevistar, así que sacó una hoja de periódico doblada y comenzó a leernos un artículo periodístico firmado por Lourdes Morgades el 24 de Diciembre de 2011.
(http://ccaa.elpais.com/ccaa/2011/12/24/catalunya/1324689388_096231.html).

“Los niños son exigentes y debes ser claro y contundente”

“Maite Carranza, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil ha charlado con los lectores”.
“La escritora no cree perdida la batalla por fomentar la lectura entre los jóvenes en la era digital”.

“A los dos años le dijeron que ya era mayor. Se lo creyó y empezó a imitar a los adultos. Ellos leían y ella también quería libros. En la adolescencia, con el virus de la lectura inoculado y buena parte de la biblioteca familiar -incluidos los libros “prohibidos” del abuelo, obras eróticas de principios del siglo XX de Felipe Trigo- devorada, decidió que de mayor se dedicaría a escribir, porque, dice, “la literatura es lúdica y fuente de placer a cualquier edad”. Quizá porque ha experimentado que la pasión por la lectura empieza desde la niñez y porque, por experiencia, sabe bien que un niño “no puede leer todo tipo de textos, ni comprender todo tipo de historias”,
Maite Carranza (Barcelona, 1958) se dedica a escribir para niños y jóvenes, y, aunque afirma que fue “una decisión azarosa”, reconoce que resultó “acertada”. La ganadora del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por la novela Paraules emmetzinades (Palabras envenenadas, Edebé) ha confesado en una charla que ha mantenido con los lectores de EL PAÍS que este tipo de literatura le permite mostrarse más sincera y no ocultarse tras la palabrería. Los niños son exigentes y debes ser claro y contundente. Me compensa el contacto que puedo establecer con ellos y sus sonrisas”.

Escritora disciplinada -“es bueno tener reglas, costumbres, rutinas”, asegura-, Maite Carranza se ajusta la altura de la silla para tener los antebrazos paralelos a la mesa y no cargar los hombros y, a ritmo vertiginoso (a un escaso minuto y medio por respuesta: 41 en una hora), ha repasado sin distracción la gestación de la obra por la que ha sido galardonada y sus fuentes de inspiración, así como el oficio de escribir. “Leer mucho, escribir sin ansias de publicar y esperar a estar maduros y convencidos para aventurarse en un relato largo. La precipitación de algunos jóvenes en publicar puede ser su sentencia de muerte”, ha recomendado a los aspirantes a escritores.

El maltrato a las mujeres y la incapacidad de estas para defenderse fueron inicialmente los motivos que llevaron a Carranza a escribir Paraules emmetzinades, la primera novela para jóvenes que trata de manera abierta y clara el tema de los abusos sexuales infantiles. “La obra es una puerta abierta para otros que vengan luego y quieran hablar sobre temas que hasta ahora estaban vedados. Pueden utilizarla como referente. Pasa en todos los ámbitos, siempre hay un antes y un después. Soy optimista”, reconoce.

¿Cómo habituar a los niños a la lectura? La escritora lo tiene claro: leer con ellos en voz alta y declamar, hacerles participar poco a poco en la lectura. “Interesarles por una historia narrada ya supone que les estás interesando en la lectura”, señala. No cree que la batalla por fomentar la lectura entre los más jóvenes se haya perdido en la era de los soportes digitales. “Leer en voz alta en el aula y el fomento de los juegos relacionados con la lectura acostumbran a funcionar”, recomienda a una profesora de lengua en apuros. “La prescripción pura y dura es vista a veces como una imposición”, le advierte.

Se confiesa una lectora “voraz” que aprecia todo tipo de géneros y como escritora no duda en probarlos. “Me gusta variar y sorprenderme a mí misma”, advierte. Cambiar de registros y formatos para no encallarse ni repetirse es su máxima, aunque confiesa que el género humorístico, que marcó sus comienzos en el mundo de la literatura a mitad de la década de 1980, es su favorito a la hora de escribir para los más pequeños. “Me siento más cómoda y puedo hablar con más libertad de temas serios”, asegura. Su criatura más reciente, Víctor, un niño travieso de 11 años con el que es imposible aburrirse, pertenece a él. Para crearlo se ha inspirado en su hijo pequeño que le pedía tener libro propio. Confiesa que el personaje de Víctor y las novelas La princesa Julia (1994, Cruïlla) y ¿Quieres ser el novio de mi hermana? (2002, Edebé) son biografías de sus hijos y de sus experiencias como madre. “Negaré siempre hasta la tumba que mis libros sean autobiográficos”, advierte.”.

Tras acabar de leer el artículo, continuamos andando un poco más hasta llegar a aquel parque; y, mientras esperábamos a Maite Carranza, el señor Keating nos dijo que también podríamos curiosear más tarde la página web y el blog de esta autora que conoceríamos enseguida:

http://www.maitecarranza.com/mccs.html
http://blog.maitecarranza.com/

Mientras nos contaba los contenidos que podríamos encontrar en las páginas web, apareció Maite Carranza saludándonos desde lejos; parecía feliz sintiéndose rodeada de todos aquellos niños que estaban jugando en aquel parque infantil y, con una gran sonrisa dibujada en su cara, llegó hasta aquel banco en el que nos encontrábamos todos.

Tras presentarse y animarnos a hacer una buena labor como docentes, Maite Carranza nos confesó que el señor Keating le había pedido que nos explicase su dilatada experiencia para que pudiéramos entender un poco mejor todo aquello relacionado con la literatura infantil; y antes de que nuestras miradas se hubiesen vuelto hacia nuestro guía, ella comenzó a contarnos que siempre le había gustado leer y que, quizás, por ello había llegado a adquirir el gusto por la escritura durante su adolescencia.

Nos dijo que, si el señor Keating ya nos había leído el artículo del periódico que recientemente habían publicado, seguramente nos habríamos dado cuenta de su opinión en cuanto a la lectura infantil; y es que la señora Carranza pensaba que un niño no podía leer todo tipo de textos, ni comprender todo tipo de historias, sino que, como ya habíamos escuchado en numerosas ocasiones, la literatura infantil debía cumplir una serie de requisitos básicos relacionados con el momento evolutivo en el que se encontrase el lector.

Lo cierto es que todo aquello no nos estaba sorprendiendo demasiado, era algo que ya teníamos muy interiorizado y que conocíamos de sobra; pero enseguida comenzó a hablarnos de lo exigente que puede llegar a ser el público infantil en cuanto a literatura se refiere.

Y es que jamás nos habíamos parado a pensar que escribir literatura infantil pudiera llegar a ser tan complicado como escribir literatura para adultos; pero lo cierto es que, si reflexionamos un poco, no debería extrañarnos que los propios niños sean los que soliciten una literatura sencilla que puedan seguir sin demasiado esfuerzo y en la que el autor haga volar la imaginación del lector sin dejar de ser claro a la hora de expresar el texto.

Porque si pensábamos que cualquier obra literaria infantil gustaría a los más pequeños, estábamos muy equivocados; pues desde edades muy tempranas muestran ya cierta crítica literaria y son capaces de destacar aquellos aspectos de una obra que no les han gustado, explicando sus motivos e incluso dando su punto de vista sobre cómo se podría mejorar la obra en ese sentido…

Estaba notando como, de nuevo, había empezado a volar hacia aquel universo de reflexiones que tanto visitaba desde que llegué al mundo de la literatura; pero es que aquellas palabras de Maite Carranza me habían hecho darme cuenta de lo equivocados que habíamos estado siempre con la literatura infantil.

¿¿Qué motivos teníamos para creer que un niño se conformaría con cualquier cosa?? ¿¿Por qué hasta ahora habíamos pensado que cualquier texto escrito rápido y decorado con bonitas imágenes haría conformarse al joven lector?? ¿¿No merece un niño el mismo esfuerzo que un adulto por parte del escritor??

Pero mientras yo divagaba por aquellos caminos de mi propia mente, Maite Carranza había comenzado a hablar de aquella obra que le había hecho recibir el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil; lo cierto es que trataba un tema delicado y parecía muy satisfecha de haber puesto la primera piedra para que el resto de autores tuviesen, desde ese momento, la oportunidad de escribir sobre ciertos temas difíciles de abordar pero importantes para la educación social de los niños y de los jóvenes.

Y es que, según su punto de vista, la literatura podía ser una buena herramienta de educación además de una magnífica opción para el entretenimiento; aunque insistía continuamente en la necesidad de que la intención del autor no fuese moralizante o pedagógica, pues de ese modo la literatura perdería su esencia y se convertiría en una paraliteratura creada con un fin educativo.

En este sentido, la señora Carranza insistió mucho en que la literatura infantil y juvenil podía contener una serie de enseñanzas implícitas pero que, en primer lugar, debía ser el producto de una voluntad artística con la que el escritor pretendiese llevar al lector a un mundo de ficción en el que poder disfrutar y soñar con los acontecimientos que ocurren a los personajes de la obra.

Todo aquello parecía bastante interesante, pero lo cierto es que tener delante a una persona que había ganado el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil no era cualquier cosa; así que me armé de valor para interrumpirla y confesarle que, además de por la educación y los niños, siempre había tenido un gran interés por la creación literaria y que me gustaría saber qué podría decirme para llegar a convertirme en un gran escritor de literatura infantil.

En aquel momento me regaló una sonrisa, parecía contenta de ver a una persona interesada en la escritura y muy amablemente me contestó diciendo que debía intentar convertirme por un momento en un niño; que lo más importante era entender los gustos, las motivaciones e intereses de los jóvenes lectores para, posteriormente, realizar un trabajo con el que en ningún caso debía obsesionarme.

Me aconsejaba mantener la calma en todo momento y saber lo complicado que era llegar a publicar un libro y convertirse en un escritor valorado por la crítica; pero me recomendó continuar leyendo muchísimo tanto literatura para adultos como literatura infantil, pues pensaba que la lectura siempre podía ayudar a los grandes escritores a mejorar sus propias creaciones…

¿¿Ayudarse de la literatura para crear literatura?? ¡¡¡Parecía algo obvio, quizás fuese una buena forma de adquirir vocabulario, percibir diferentes estilos e incluso perfeccionar mi propia escritura sin darme cuenta!!!

Finalmente, me dijo que no debía obsesionarme con el hecho de escribir mis obras para publicarlas; que, quizás, era mejor plantearse la creación literaria como una forma de disfrutar y de crear historias interesantes para mis alumnos para que, una vez estuviese preparado, pudiese intentar la publicación de aquellas obras que considerase más interesantes y que hubiesen gustado más a todos esos niños de los que me vería rodeado en la escuela…

Y, respecto a esto, quiso finalizar destacando la importancia que teníamos como maestros en el nacimiento de jóvenes lectores; pues pensaba que los profesores de la actualidad teníamos la ventaja de contar con una gran cantidad de obras infantiles que podíamos utilizar para fomentar en los niños ese gusto por la literatura.

Estaba comenzando a anochecer, el tiempo se nos había pasado muy rápido aquella tarde y debíamos descansar otra noche en aquel mundo de la literatura que poco a poco estábamos conociendo en compañía del señor Keating; así que, una vez más, nos despedimos de la persona a la que acabábamos de conocer y pusimos rumbo hacia nuestro alojamiento.

7 ene 2012

Un café con Jacqueline Kerguéno

Salimos de la casita de Muhammad Ali con el ánimo restablecido, pensando en la importancia que tenía el hecho de perseguir nuestros sueños hasta el final y con ganas de afrontar los problemas y las dificultades desde el esfuerzo…

Sabíamos que, como cualquier persona, habíamos cometido errores al dejarnos llevar por el desánimo y por la desesperación que provoca el hecho de enfrentarse a una tarea difícil; pero ahora teníamos una motivación más para superarnos a nosotros mismos, y es que los niños necesitarían unos maestros capaces de sobreponerse a las dificultades y a los problemas, unos educadores que sean capaces de transmitir valores como el esfuerzo y la constancia como bases para conseguir el éxito y unos profesores que, bajo ningún concepto, se vean incapaces de conseguir algo sin haberlo intentado previamente.

Pero, tras esta importante lección, nuestro viaje por el mundo de la literatura continuaría con el señor Keating como guía; sorprendiéndonos con las muchísimas cosas que estábamos aprendiendo en este segundo viaje que habíamos comenzado a su lado e incluso disfrutando con la multitud de personas que estábamos conociendo en aquel mundo de fantasía.

En esta ocasión habíamos terminado de comer y decidimos tumbarnos en el césped charlando de forma agradable sobre todo aquello que estábamos viviendo, sobre nuestros deseos y sobre la manera en qué habíamos decidido conseguir nuestros objetivos; pero yo, simplemente, escuchaba a mis compañeros de viaje sin decir nada…

Sorprendidos de mi silencio, todos decidieron preguntarme qué haría yo para conseguir mis objetivos y hacer realidad mis deseos; así que, teniendo en cuenta todo lo que el señor Ali nos había enseñado, decidí contestar a mis compañeros con la frase de una película que había visto recientemente: “Dos ratoncitos cayeron en un cubo de nata; el primer ratón enseguida se rindió y se ahogó, el segundo ratón decidió pelear y se esforzó tanto que finalmente transformó la nata en mantequilla y consiguió escapar. Caballeros, desde este momento, yo soy ese segundo ratón”.

En ese momento, el señor Keating decidió que había muchísimas cosas en aquel mundo de la literatura que nos quedaban por ver; y, en esta ocasión, nos dirigimos hacia una pequeña cafetería en la que nos estaba esperando Jacqueline Kerguéno.

Tras saludarnos a todos, nos dijo que le gustaría hablarnos sobre cómo podíamos ayudar al niño a convertirse en lector; pues el señor Keating le había dicho que pronto seríamos maestros y que, quizás, ella nos podía ayudar a trabajar para que los niños amasen la lectura.

Jaqueline comenzó explicándonos que amar la lectura no era algo sencillo y que, en parte, dependía también del temperamento, del carácter, los intereses y el entorno de la persona; de esta forma no todas las personas estarían interesados en una actividad contemplativa que necesitaba concentración y requería abandonar momentáneamente otras actividades para aislarse del mundo real y viajar hasta un mundo imaginario. Y eso es algo que debíamos asumir, entender y respetar…

No obstante, sí que había algo en lo que nosotros podíamos influir como maestros, y es que, en ocasiones, las personas no se interesaban por la lectura simplemente porque no habían aprendido desde pequeños a trasladarse a ese mundo fantástico de los libros; porque entendían la lectura como una sucesión de palabras con las que no eran capaces de ilusionarse y porque su imaginación y su mente no había sido “entrenada” para viajar a mundos imaginarios en los que se pudiesen sentir identificados con los personajes.

Y es que, el placer que aporta la lectura no podría experimentarse a menos que el lector comprendiese todo aquello que pretende transmitir el texto; teniendo en cuenta que, en ocasiones, para convertirse en un verdadero lector hace falta un entrenamiento progresivo que se consigue durante muchos años y respetando ciertas etapas como, por ejemplo, la de iniciación a la lectura en la que lo realmente importante no es que el niño lea o que, en caso de hacerlo, lo haga bien o mal, sino que se interese por las historias que cuentan los libros y sea capaz de ilusionarse a medida que escucha los relatos que le cuentan los adultos…

Además, proseguía Jacqueline, es importante tener en cuenta que un lector debutante necesita un texto adaptado a sus necesidades, a sus capacidades y a su momento evolutivo; permitiendo que sea el propio niño el que pueda elegir el libro que quiere en relación a unos criterios que, además, no distarán mucho de los que utilizamos los adultos para elegir un libro…

De esta forma, el señor Keating intervino para explicarnos que, lo que su buena amiga quería decirnos era que debíamos permitir a los niños tocar, hojear y mirar los libros para que, finalmente, pudiesen elegir por sí mismos aquellas obras que estaban interesados en leer; sin imponer lecturas que, como adultos, creyésemos adecuadas para los niños y respetando que fuesen ellos mismos los que se equivocasen con la elección de algunos libros.

No obstante, el hecho de dejar cierta autonomía a los niños no debería suponer abandonarles en la lectura; sino acompañarles y conocer sus gustos, necesidades y características para poder poner a su disposición una gran cantidad de libros variados y acordes a sus necesidades e intereses, pues cuando una persona está interesada en un determinado tema y siente curiosidad por algo, siempre se mostrará mucho más receptiva para emprender la tarea de una lectura.

Pero el hecho de acompañar al joven lector también está muy relacionado con el hecho de interesarnos nosotros mismos por aquello que está leyendo, ofrecerle la posibilidad de comentar y compartir con nosotros todo lo que le ha podido llamar la atención e incluso compartir momentos de lectura con ellos y leer juntos multitud de libros que hayan escogido; haciéndoles sentir que la lectura implica también una cercanía y una actividad con la que compartir maravillosos momentos junto a sus seres más queridos.

Las palabras de Jacqueline Kerguéno resonaban en nuestra mente como el repique de una gran campana, lo que era señal evidente de que realmente estábamos asimilando todo aquello que nos transmitía y que ya habíamos escuchado en alguna ocasión a lo largo de nuestros dos viajes; pero aún tenía muchas más cosas que explicarnos y, sin esperar más, comenzó a hablarnos de la importancia que tenía el hecho de convertirse en lector a una edad medianamente temprana, pues de lo contrario sería complicado que llegase a adquirir el gusto pro la lectura a edades más avanzadas.

Y, sin darnos tiempo a pensar en aquello, empezó a comentar algunas de las respuestas que habían dado los niños al preguntarles por qué motivo habían dejado de leer un libro (principalmente, primeras novelas); coincidiendo muchas de ellas en el poco interés que despertaba en ellos el tema, lo mucho que tardaba la historia en arrancar o la dificultad para entender la situación de partida y la relación de los personajes.

Entonces, Jacqueline sonrió y nos preguntó si no nos resultaban familiares aquellas respuestas… ¡¡¡Eran muchos de los motivos que hacían que los adultos, en ocasiones, nos alejásemos de una determinada lectura!!!

Pero había mucho más, y los niños también argumentaban la dificultad que tenían para saber qué personaje era el que hablaba en los diálogos de algunas obras o lo complicado que era entender algunas de las palabras presentes en el texto; aunque también es importante destacar el error que cometen algunos autores de literatura infantil que frecuentemente hacen referencias culturales y guiños adultos que los más jóvenes no consiguen comprender o la complicada estructuración que hace que los niños no sean capaces de captar la progresión del relato.

No obstante, el trabajo de maquetación tampoco quedaba exento de aquella crítica infantil que demandaba libros que cubriesen sus necesidades; destacando la importancia que daban los más pequeños al aspecto visual del libro, a las ilustraciones y a la manera en que las palabras se mostraban en una página que, en ningún caso, debía estar sobrecargada y sin espacios.

Y es que, una vez más, los niños nos demostraban que su edad no les impedía tener una actitud crítica y muy coherente ante la lectura; siendo capaces de dar respuesta a los problemas que hacían que la lectura pudiera llegar a convertirse en algo desagradable para ellos y solicitando de forma unánime un tipo de literatura adaptada a su edad, con unos requisitos determinados y acordes a sus necesidades.

Pero para ayudar a que un niño se convierta en lector, será importante también que los libros consigan hacer que se sienta identificado con el protagonista y viva como propias sus emociones y sentimientos o que los ilustraciones presentes en el libro sean coherentes y se correspondan con el texto.

Además, los adultos no debemos caer en el frecuente error de querer conducir a los más pequeños por el camino de la lectura que nosotros consideramos más apropiado; sino que debemos dejar que sean ellos los que experimenten y permitir que descubran a cualquier edad aquel libro que les enganche y haga que, desde ese momento, se conviertan en un nuevo lector.

Por eso, es importante tener en cuenta el hecho de no insistir a los niños a que lean, pues de esta forma lo único que conseguiremos es que vean la lectura como una obligación, como algo que les hace sentir culpables y que poco a poco les va bloqueando hasta que llega un punto en el que jamás querrán volver a acercarse un libro; de esta forma, debemos respetar la opción de los más pequeños a leer o a no leer y a elegir aquellos libros o textos con los que se sientan más cómodos...

El señor Keating estaba apurando el contenido de la taza de café con leche que previamente había pedido cuando, de repente, recordé aquellas últimas lecturas infantiles que yo mismo había leído; me di cuenta de que las obras infantiles también podían aportar muchísimo a los adultos, que podrían servirnos para acercarnos a los niños y que, además, incluso nos podían servir para disfrutar de la lectura cuando no tuviésemos tiempo para desarrollar lecturas más extensas.


Mientras yo estaba enfrascado en mis pensamientos, mis compañeros de viaje habían comenzado a despedirse de Jacqueline y le agradecían su amabilidad, sus consejos y el que nos mostrara aquellos aspectos a tener en cuenta para ayudar a multitud de niños a acercarse al mundo de la literatura; así que, enseguida, me levanté para despedirme amablemente y salir de la cafetería junto a los demás.

¿¿Imposible?? ¡¡Jamás!!

Tras la interesante charla con Pepe Mel y después de jugar un partido de fútbol en el que encajamos una contundente y vergonzosa derrota contra la primera plantilla del Real Betis Balompié, nuestro ánimo no estaba como para seguir pensando en literatura; a pesar de haber jugado contra profesionales y de que el resultado fuese el esperado, nosotros estábamos heridos en nuestro orgullo, enfadados y pensando que siempre se podía haber hecho mucho mejor…

Ese regalo que nos quiso hacer el buen entrenador bético se había convertido en algo que nos hacía daño, no valorábamos la suerte que habíamos tenido de poder disputar un partido contra auténticos profesionales y habíamos comenzado a enfocar de manera negativa nuestra competitividad.

Fue entonces cuando el señor Keating, que hizo el papel de entrenador durante el partido, se molestó con nosotros y nos hizo ver que debíamos aprender a perder y a ganar; porque en el deporte, como en la vida, no siempre se conseguían los objetivos que todos nos marcábamos y nuestro esfuerzo no tenía por qué verse siempre recompensando.

Por eso, nos hizo ver que nuestro único consuelo ante el fracaso estaría en el hecho de saber que habíamos hecho todo lo posible por alcanzar el éxito…

Además, insistió en la idea de que se nos había visto derrotados desde el principio y que ni siquiera nosotros mismos llegamos a creer en ningún momento que pudiésemos ganar aquel partido; de esta forma, nuestro guía y entrenador nos dijo que debíamos estar enfadados por no habernos creído capaces de conseguirlo, por habernos rendido antes de tiempo y por no haber sido capaces de dar lo mejor de nosotros mismos…

¡¡¡Nuestro enfado nunca debía estar basado en el hecho de no haber alcanzado nuestro objetivo o nuestros deseos, sino en el hecho de habernos subestimado y de no haber luchado hasta el final!!!

Y llevaba razón… ¡¡Nos veíamos muy pequeñitos ante la presencia de aquellos futbolistas profesionales!! ¡¡No fuimos capaces de disfrutar del juego y sólo veíamos gigantes donde deberíamos haber visto personas como nosotros!!

No obstante, nuestras quejas siguieron y le dijimos al señor Keating que si nos habíamos rendido nada más comenzar era por un motivo lógico… ¿¿Cómo podríamos ganar nosotros un partido a los profesionales?? ¡¡¡Era totalmente imposible!!!

Nos escudábamos en el hecho de que, en nuestro lugar, cualquier persona habría hecho lo mismo y, consciente o inconscientemente, se habría rendido e infravalorado ante la presencia de una tarea tan complicada como la nuestra; pero el señor Keating no estaba de acuerdo y nos quiso demostrar que nos equivocábamos, así que nos condujo hasta una pequeña casita en la que nos esperaba Cassius Marcellus Clay, el boxeador más grande de todos los tiempos que se convirtió al islamismo adoptando el nombre de “Muhammad Ali”.

Nada más llegar, la pregunta que nos hizo nos pareció uno de esos espectaculares derechazos que años atrás lanzaba en los cuadriláteros; pero, lo cierto, es que nos hizo reaccionar cuando nos preguntó qué sería de aquellos pobres niños que crecieran al lado de unos maestros que no eran capaces de enfrentarse a los problemas y dar lo mejor de sí mismos incluso cuando todo estuviese en contra.

El señor Ali, nos confesó que él jamás se habría rendido y que ese había sido el único secreto de su éxito; pero quiso recalcar la importancia de saber que no hay nada imposible poniéndonos un vídeo que había visto en una serie de televisión y le había recordado muchísimo a su manera de afrontar la vida…



Fue entonces cuando comprendimos que a lo largo de nuestra vida habría ocasiones en las que estaríamos desesperados y perdidos, cuando nos dimos cuenta de que muchas veces deberíamos afrontar tareas muy complicadas e incluso momentos en los que todo el mundo dudaría de nuestra capacidad para alcanzar nuestros objetivos; pero que, bajo ningún concepto, debíamos escudarnos en todo esto para rendirnos y no luchar hasta el final.

Porque además, como el señor Ali había dicho minutos antes, multitud de niños se verían reflejados en nosotros durante su educación y debíamos ser un ejemplo de superación para ellos; debíamos ser capaces de transmitir a las futuras generaciones que no hay nada imposible y que cualquier persona es capaz de alcanzar lo que se propone si realmente lo desea y lucha para conseguirlo, incluso cuando es consciente de sus pocas posibilidades de éxito.

Habíamos entendido lo que el señor Keating y Muhammad Ali nos querían hacer entender y nos habíamos dado cuenta de que debíamos ser nosotros mismos los que luchásemos para conseguir nuestros objetivos pensando que nada es imposible.

Tras una larga e interesante conversación en la que el famoso boxeador nos contó algunas de las anécdotas de su carrera deportiva, el señor Keating nos dijo que debíamos marcharnos; pero antes de hacerlo pidió al Muhammad Ali que nos mostrara aquel vídeo promocional que había realizado junto a algunos otros deportistas algunos años atrás, pues pensaba que podía ser un broche perfecto para afianzar aquellas ideas que nos habían querido transmitir…


¡¡Eliminemos los prejuicios!!

Tras visitar la consulta de Francesco Tonucci y charlar agradablemente sobre las dificultades, los problemas de la escuela y nuestras propias opiniones en cuanto a la iniciación a la lectura de los niños, el señor Keating decidió que había llegado el momento de descansar un poco para que pudiéramos reflexionar acerca de todo lo que habíamos experimentado en el mundo de la literatura mientras dábamos un reparador paseo.

En nuestra marcha, nuestro guía nos mostró algunos lugares interesantes como las casas de los tres cerditos, la mina en la que incansablemente trabajaban los siete enanitos o el bosque por el que debía pasar Caperucita para ir a casa de su abuela; pero, finalmente, el señor Keating nos dijo que debía presentarnos a una persona que, probablemente, los aficionados al fútbol ya conociéramos...

Fue entonces cuando la intriga se apoderó de nosotros y las preguntas se fueron sucediendo una tras otra; queríamos saber quien sería el protagonista de nuestra siguiente parada pero, ante nuestra sorpresa, el señor Keating nos llevó a un kiosco de prensa.

Allí compró unos periódicos que nos dio a todos y nos dijo que, en ocasiones, teníamos que buscar por nosotros mismos la respuesta a nuestras preguntas y que, en el autobús, podíamos ir leyendo aquellos periódicos en los que puede que encontrásemos algo útil.

Y de repente… ¡¡¡En aquella página de la sección de cultura del periódico estaba la respuesta a nuestras preguntas!!!

Fue entonces cuando comenzamos a leer aquel artículo de Andrés González Barra:
(http://www.abcdesevilla.es/20111014/cultura/sevp-libro-rompo-topico-futbolista-20111014.html).

“Con mi libro rompo el tópico de que un futbolista no piensa en su futuro”.

“Pepe Mel debuta con su novela <<El mentiroso>>, un thriller ambientado en varias ciudades”.

“Un apasionante thriller, a caballo entre Nueva York, Londres, Jerusalén y El Cairo —con el hallazgo de unos manuscritos como telón de fondo—, son algunos de los ingredientes que salpican la novela de debut de Pepe Mel (Madrid, 1963), «El mentiroso» (Jirones de Azul), un libro que supone la puesta de largo del entrenador del Real Betis Balompié en el mundo de la literatura, y una primera parada en un camino que a partir de ahora éste espera muy largo.

Pepe Mel no paró ayer de conceder distintas entrevistas sobre un libro que aparecerá oficialmente en las librerías españolas a partir del próximo día 20. En todo caso, esta aventura literaria del entrenador bético no deja de sorprender por la trayectoria profesional de este deportista: «La gente muchas veces no conoce al personaje y nos quedamos con una parte de su vida. Esto de escribir para mí es un hobby y no tengo afán de vivir de la literatura, pero eso me hace ser mejor».

Reconoce Mel que para escribir esta obra ha tardado cuatro o cinco años. Además, considera que ha sido muy importante documentarse a la hora de escribir esta trama de misterio: «Tengo la suerte de haber viajado a todas las ciudades en las que se ubica la novela. Ahí me he documentado mucho, aunque la imaginación vaya después a otro lado».

Otra cosa importante a la hora de conocer a este escritor novel es que tiene una vocación de profesor: «Si el destino no me hubiera puesto un balón entre las piernas, seguramente me hubiera gustado ser profesor», admite. Asimismo, se siente un devoto de la historia, «una rama de la ciencia que me apasiona», a lo que añade que «me ha gustado más siempre el pasado que el futuro».

Este entrenador tiene muy claras las ideas sobre por qué ha deseado introducirse en el mundo de la literatura: «Quiero que la gente que lea el libro se olvide de los problemas cotidianos del día a día, algo que me pasa a mí cuando soy lector. Me gustaría que los lectores entraran en otro mundo y que se vean recompensados por el tiempo invertido».

También Pepe Mel advirtió que el libro digital no es santo de su devoción: «Adoro el libro como objeto. No he comprado nunca libros digitales. A mí me gusta el olor de los libros, me encantan las librerías y las bibliotecas».

En otro sentido, indica que «con este libro se rompe el tópico de que el futbolista y el deportista en general no se preocupa por su futuro ni por sus estudios. Cada vez hay más jugadores universitarios y con cultura. En mi equipo, por ejemplo, hay muchos jugadores a los que les gusta leer».

El entrenador bético añadió también que es una novela «de historia, arqueología y misterio», que parte del hallazgo de los manuscritos de la cueva de Qumrán —cerca del Mar Muerto—, y puntualizó en broma, durante la rueda de prensa, que el título del libro, «El mentiroso», «nada tiene que ver con Lopera», expresidente del Betis.

Al igual que es un acérrimo defensor de los jugadores de fútbol nacionales, también dice ser un gran seguidor de escritores españoles, como María Dueñas, Julia Navarro, Matilde Asensi, Chufo Lloréns, Ildefonso Falcones o Pérez-Reverte”.

En el tiempo que tardamos en encontrar y leer el interesante artículo, el autobús había llegado a nuestro destino y el señor Keating nos había dicho que nos apeáramos del vehículo; parecía que nuestro guía había medido muy bien los tiempos y que no dejaba nada a la improvisación, porque allí estaba esperándonos el famoso entrenador que nos recibió con una sonrisa y nos regaló algunos balones de fútbol firmados por la primera plantilla del Real Betis Balompié.

Sinceramente, ninguno de nosotros podía haber imaginado que un deportista de élite tuviese entre sus aficiones escribir novelas y, mucho menos, que se planteara publicar algo más allá de su autobiografía o de las múltiples anécdotas que suceden en los terrenos de juego a lo largo de toda una carrera deportiva; pero allí estaba el señor Mel tirando por tierra todos nuestros prejuicios y haciéndonos conscientes de algo que nos era muy difícil comprender en relación a un deportista profesional: Y es que el hecho de estar interesado por el deporte no tiene por qué estar reñido, en ningún caso, con el interés por la lectura.

De esta forma, comenzamos a caminar hasta llegar a un pequeño campo de fútbol; el señor Keating y Pepe Mel nos dijeron que nos sentásemos en aquellas gradas, formando un semicírculo para que todos pudiésemos escuchar aquello que nos contaría el entrenador bético.

Comenzó diciéndonos que había decidido hablarnos de su novela en las gradas de un campo de fútbol porque pretendía romper esa primera barrera mental que nos hacía pensar que el deporte y la cultura no podían estar nunca relacionados y porque, bajo su punto de vista, un libro y un campo de fútbol podían llegar a ser muy parecidos…

Entonces me di cuenta de que yo pensaba de la misma forma que Pepe Mel y que si cualquier persona se para a pensar un poco se dará cuenta de que, realmente, un campo de fútbol y un libro pueden tener muchas semejanzas; pues en ambos casos contendrán elementos que pueden hacer que las personas se identifiquen con lo que ocurre, se emocionen, disfruten o sufran dependiendo de cómo se vayan sucediendo los acontecimientos…

Pero el señor Mel quiso también hacer un guiño a nuestra futura profesión al confesarnos que le hubiese gustado haber sido maestro y al pedirnos que pusiéramos muchísimo empeño en nuestro trabajo; ya que pensaba que aunque fuesen los deportistas, los actores o los cantantes los que acaparaban los focos de la sociedad, lo cierto era que nuestra labor como docentes era la más importante, pues todas las personas que formarían la sociedad del futuro pasarían por nuestras manos y estarían, irremediablemente, influidas por nuestras actuaciones como profesores.

Nos llamaba muchísimo la atención la forma de hablar sincera de este entrenador que decía sentir miedo ante las posibles críticas de aquellos que no entendiesen que un deportista de élite también podía disfrutar con la literatura e incluso llegar a publicar una novela; porque, lo cierto, es que la sociedad esta llena de multitud de prejuicios e ideas que hacen que se consideren desvinculadas ciertas profesiones o aficiones con la literatura…

Y es que, como nos sugirió el señor Carroll, puede que aún debiésemos abrir un poco más nuestra mente… ¿¿Por qué no iba a poder ser un futbolista un gran lector?? ¿¿Qué le impide a un cocinero disfrutar de la gastronomía y, además, de la escritura de poesía?? ¿¿Acaso no podemos disfrutar más de una obra literaria escrita por un desconocido que de una obra literaria escrita por un gran autor??

Una vez más, la persona que teníamos ante nosotros en aquel interesantísimo mundo de la literatura había conseguido hacernos reflexionar sobre un determinado tema; y, esta vez, habíamos entendido que debíamos eliminar todos los prejuicios y considerar la literatura como un placer universal del que cualquiera puede disfrutar sin importar su profesión, su edad o el resto de sus aficiones.

6 ene 2012

Una interesante reunión...

Aquella conversación con Irune nos había abierto un poco más la mente y nos preparaba para nuestra futura labor como docentes; pero el mundo de la literatura era muy grande y el señor Keating parecía ser demasiado popular como para pensar que el viaje terminaría pronto…

Salimos de aquel extraño complejo formado por edificios y jardines para dirigirnos a un moderno bloque de viviendas que tenía un estilo muy italiano; la decoración era maravillosa así que pensamos que, por primera vez, nuestra parada estaría más destinada a contemplar la belleza de aquella edificación que a conversar con un nuevo amigo de nuestro guía, pero enseguida nos paramos ante la consulta de un psicólogo llamado Francesco Tonucci.

Sin perder más tiempo, el señor Keating llamó al timbre y, enseguida, nos abrió un hombre con la barba y el pelo canoso que nos miraba por encima de los cristales de sus gafas; estaba fumando en pipa y llevaba en la mano un pequeño artículo llamado “El nacimiento del lector”, así que todos supimos que, en esta ocasión, la conversación iría encaminada en ese sentido.

El señor Tonucci nos invitó a pasar mientras daba unas palmaditas en la espalda al señor Keating y, enseguida, nos condujeron hasta un enorme salón con grandes sillones en los que todos podíamos sentarnos.

De repente, aquel extraño psicólogo se sentó junto a nosotros mientras nos explicaba que aquel mundo de la literatura tenía cada vez menos visitantes; nos pidió que hiciésemos una buena publicidad de aquel lugar y nos dijo que debíamos ser nosotros los que, con nuestro trabajo en la escuela, desarrollásemos en los niños un gusto por la lectura que les hiciese llegar algún día a aquel fantástico mundo en el que nos encontrábamos.

Frato, que así es como se hacía llamar Francesco Tonucci, comenzó culpando a la escuela del enfoque que estaba dando a la iniciación a la lectura; argumentando que los objetivos propuestos desde el mundo educativo estaban equivocados, que el hecho de enseñar a leer no podía basarse simplemente en descifrar las palabras y frases escritas en un libro y que no se debía seguir obligando a lecturas elegidas por los maestros sin tener en cuenta los intereses, gustos y motivaciones de sus alumnos.

Y lo cierto es que nosotros ya habíamos pensado en eso muchas otras veces, pero el señor Tonucci continuó hablando y sugiriéndonos algunos otros problemas cometidos desde la propia escuela…

Así, el psicólogo italiano hizo que nos replanteáramos la importancia que tenía el hecho de que los alumnos lean en voz alta y nos sugirió que, quizás, era más importante dar ese paso cuando los niños hubiesen adquirido el gusto por la lectura y tuvieran desarrollada la lectura comprensiva; con esto, en ningún caso quería decir que se debiera suprimir la lectura en voz alta de la escuela, sino que se debería ser mucho más cuidadoso a la hora de marcar los tiempos y de establecer las prioridades educativas y los objetivos que se pretendían conseguir con la lectura.

Sinceramente, pienso que el señor Tonucci llevaba razón… ¿¿Cuántas veces habíamos visto cómo multitud de compañeros habían sufrido ante el hecho de tener que leer en voz alta?? ¿¿Es que hemos olvidado la tensión a la que nos veíamos sometidos por miedo a leer de forma incorrecta ante todos nuestros compañeros?? ¿¿Acaso no hemos observado cómo muchos compañeros llegaban a la Educación Secundaria Obligatoria sin haberse enterado de nada de lo que leían en voz alta??

Así comenzamos a entender que, en ocasiones, los propios maestros teníamos demasiada prisa por finalizar los procesos educativos y no éramos conscientes de que lo realmente importante no es acabar antes, sino acabar bien; y en cuanto al hecho de leer, es importante destacar el papel fundamental que debería tener la lectura comprensiva por encima de la lectura en voz alta, pues la única manera que hay para disfrutar de un texto es, lógicamente, comprendiéndolo.

Pero la crítica de Frato no quedaría únicamente en eso, pues pronto comenzaría a darnos su particular punto de vista sobre unos libros de lectura utilizados en la escuela que, a menudo, hacían que el pequeño lector tuviese la impresión de haber leído muchas obras de muchos autores cuando, en realidad, sólo había podido percibir breves fragmentos que le hacían pensar que todas las lecturas serían igual de breves y divertidas; alejándole de la realidad que supone el hecho de que, en toda obra literaria, hay partes menos interesantes pero fundamentales para comprender la obra en su conjunto.

Además, el hecho de ver a todos los alumnos leyendo un mismo libro elegido por el profesor y avanzando simultáneamente en la lectura hace que los propios niños perciban la lectura como algo extraño, fuera de interés, obligatorio y alejado de cualquier tipo de placer o diversión; de manera que los niños se ven atrapados por multitud de actividades que nada tienen que ver con la animación a la lectura y por preguntas cuya única finalidad es saber si realmente están leyendo un libro que, además, ha sido impuesto por los adultos.

Con este tipo de propuestas, proseguía el señor Tonucci, lo único que está consiguiendo la escuela es crear el rechazo de los alumnos por la lectura; sin tener en cuenta la cantidad de recursos, actividades y propuestas divertidas e interesantes que pueden hacer que los niños acepten la lectura como algo propio y válido para su tiempo libre.

Y así, poco a poco fuimos entendiendo la importancia de enfocar la iniciación a la lectura sin ningún otro objetivo más allá del propio placer que puede aportar, entendiendo que lo más importante al principio es crear pequeños lectores que disfruten de los libros y comprendiendo que, en ocasiones, debemos dejar en un segundo plano el resto de propuestas educativas que nos puede facilitar un libro para recuperarlas cuando sea necesario.

Pero todo esto no quedaba aquí y fue el señor Keating quien, una vez más, nos recordó que jamás seríamos capaces de conseguir que un niño apreciase la lectura si nosotros mismos no lo hacíamos; por lo que, junto a su gran amigo Francesco, nos recomendó mantener un interés por la lectura que deberíamos hacer llegar a las futuras generaciones.

Por otra parte, ambos comentaban apenados que una gran cantidad de niños no pueden interesarse por la lectura porque, simplemente, el ambiente familiar no es propicio para ello; por lo que veían muy necesaria la labor de la escuela de organizar espacios y actividades para que todos los niños tengan la posibilidad de acercarse a la lectura, creando pequeñas bibliotecas de aula y de centro adecuadas y adaptadas a los alumnos, de forma que no encontremos únicamente material de consulta sino, también, una gran cantidad de literatura de todos los géneros y temas.

Y aquí es cuando entendimos que, lo que realmente deberíamos transmitir a los niños, es que existen multitud de libros con estilos y temáticas muy diferentes; por lo que, sean cuales sean sus gustos, siempre podrán encontrar un libro para ellos.

El caso es que, para transmitir esta idea, no podíamos basarnos únicamente en intentar convencer a los niños de que la lectura podría ser muy interesante; sino que debíamos dar un paso más y mostrarles una buena librería en la que los niños pudiesen curiosear, asesorarse y elegir sus libros suprimiendo, de esta forma, los libros elegidos por los profesores y que tan aburridos resultan para los alumnos.

Porque, si lo pensamos bien, con este tipo de propuestas conseguiríamos que los alumnos estuvieran mucho más motivados a leer aquellos libros elegidos por sí mismos; obteniendo, además, una pequeña biblioteca formada por libros previamente elegidos por niños que podrán ser intercambiados y de los que podrán disfrutar simplemente por el gusto de leerlos, sin segundos objetivos y sin mayor intención que la de promover la afición por la lectura.

De esta forma, todos continuamos conversando acerca de la iniciación a la lectura, proponiendo multitud de ideas y expresando nuestras propias opiniones junto a Francesco Tonucci y al señor Keating hasta que, este último, nos recordó que se había hecho muy tarde y que lo mejor sería dejar descansar al señor Tonucci.

No le enseñes a soñar... ¡¡Deja que siga durmiendo!!

Cuando salimos de la casita del señor Carroll, el aire fresco del exterior fue una especie de medicina milagrosa que nos aclaró muchísimo las ideas y nos sacó de aquel letargo que nos había provocado aquel denso humo de extraño olor.

Aquella lección que acabábamos de aprender había sido interesantísima y, a la vez, curiosa; pero el señor Keating estaba decidido a continuar enseñándonos mucho más, así que pronto nos dirigimos a un conjunto de edificios chiquititos, rodeados de jardines y en los que destacaba una especie de gran tótem con forma de… Bueno… ¡¡¡Lo importante es que también había un gran tótem!!!

Por aquellos edificios había multitud de gente que, más o menos, tendría nuestra edad; pero, de repente, volvió a aparecer aquella mujer a la que conocimos en el pueblo de los literatos y nos había explicado cómo acceder al mundo de la literatura…

Como aquella noche, nos observaba sonriendo y las mariposas revoloteaban a su alrededor mientras nos saludaba desde lejos; extrañados de verla allí, devolvimos el saludo y nos fuimos acercando poco a poco, el señor Keating nos dirigía directamente hacia ella y, entonces, entendimos que aquella mujer también era amiga de nuestro guía y que, probablemente, nuestro encuentro con ella en el pueblo de los literatos no había sido por casualidad…

Nuestro guía nos dijo que, en esta ocasión, íbamos a conocer la importancia del pensamiento poético en la infancia y que podíamos sentarnos alrededor de su compañera Irune; así que, una vez más, tomamos asiento y esperamos a ver qué nos traería esta nueva parada por el mundo de la literatura.

En ese momento, Irune comenzó a hablar con tristeza; decía que, en los últimos años, la poesía había pasado a un segundo plano y que apenas existía interés en disfrutar de la fuerza, los sentimientos y las ideas que podían ser expresados mediante unos versos.

Nos contó que allí, en el mundo de la literatura, todos coincidían en la necesidad de enseñar a entender la poesía en las escuelas y de educar en el lenguaje poético; por eso, habían decidido que lo mejor para salvar a la poesía y a toda la literatura sería formar, en primer lugar, a los maestros…

Ahora lo entendíamos todo… ¡¡¡No habíamos llegado allí por casualidad!!!

El señor Keating sonrió y nos explicó que, a pesar de que nuestro viaje había sido guiado en cierto modo, que lo importante era que nosotros mismos habíamos decidido seguir las señales, continuar sin descanso y seguir aprendiendo con todo cuanto nos había ocurrido en un trayecto que, simplemente, era una preparación para lo que realmente deberíamos aprender.

Irune continuó diciendo que, en ocasiones, los adultos nos empeñábamos en enseñar a los niños a comprender y valorar un lenguaje poético del que nosotros mismos les habíamos alejado; un lenguaje poético que desde edades muy tempranas estaba presente en niños que, como yo mismo, insistían en que al igual que el color naranja recibía ese nombre, el color amarillo debía ser llamado “limón”…

Y… ¿¿Por qué no?? ¿¿Qué tiene de malo dejar que un niño siga soñando con que un enorme tren está subiendo esas escaleras?? ¿¿Por qué nos empeñamos en convertir a los niños en adultos lo antes posible?? ¿¿Para qué le puede servir a un niño pequeño despertar de ese mágico mundo en el que vive?? ¿¿Por qué no dejamos que sea el paso de los años y de la experiencia el que haga que el propio niño despierte??

Pienso que, de esta forma, ese despertar sería mucho menos traumático y permitiría a cualquier niño mantener para siempre, de forma inconsciente, aquellos últimos coletazos del lenguaje poético de su infancia…

Había comenzado a pensar por mí mismo y todo aquello que había aprendido en el mundo de la literatura comenzaba a cambiar mi forma de verlo todo, pero Irune continuaba hablando mientras yo estaba ausente en mis reflexiones personales; era interesante, así que decidí volver a aquella explicación sobre el pensamiento poético en la infancia… ¡¡Ya tendría tiempo de seguir reflexionando más tarde!!

Mientras jugaba con algunas de esas mariposas que siempre la acompañaban, Irune continuó explicándonos que los niños tienen una asombrosa capacidad de interpretación subjetiva y personal de la que surgían multitud de producciones lingüísticas que cualquier poeta adulto envidiaría; una gran cantidad de expresiones poéticas que brotaban de forma espontánea y sin esfuerzo, que hacían que la poesía se convirtiera en algo natural que, bajo ningún concepto, era forzado…

Habíamos comenzado a entender que, los niños, hacen de la poesía una forma de expresión tan natural que, ni siquiera ellos mismos, son conscientes de las maravillas literarias que son capaces de realizar; pero el problema no radica en su inconsciencia, sino en la inconsciencia de todos los adultos que decidimos despertar a los niños de aquel sueño al que pretendemos devolverles pasados los años…

El señor Keating sonreía al vernos recapacitar sobre todo aquello y dejó que Irune continuase hablando de la necesidad de educar a los adultos tanto en el respeto a la subjetividad de la infancia, como en la importancia de valorar y fortalecer la curiosidad y la creatividad de los niños; insistía en que permitiésemos a los niños soñar y dejar que ellos mismos despertasen de una forma natural, sin sobresaltos y sin prisas por hacerles llegar lo antes posible al mundo adulto…

Jamás nos habíamos planteado las cosas de ese modo, pero era cierto que no podíamos seguir estableciendo pedagogías de la imaginación y la creatividad cuando, años atrás, habíamos coaccionado a los niños para que dejasen atrás esa misma imaginación que considerábamos infantil y contraproducente para su paso hacia la vida adulta.

Por primera vez, habíamos entendido que, si valorábamos la creatividad infantil y ayudábamos a los niños a pasar a la vida adulta respetando la subjetividad y la curiosidad de la que hacen gala, incluso nuestro trabajo sería mucho más fácil; pues habríamos conseguido que esa imaginación que tanto nos empeñamos en desarrollar, conviva de forma natural con la realidad y permita a cualquier adulto utilizar la imaginación y los sentimientos para interpretar la realidad de una forma poética…

5 ene 2012

Abriendo nuestra mente...

Poco a poco íbamos avanzando por el mundo de la literatura y, poco a poco, el señor Keating nos mostraba la importancia de nuestra futura labor como maestros; pero, al despedirnos de Vashti, nuestro guía nos dijo que la vida no se trataba únicamente de amar nuestro trabajo, de disfrutar de los placeres de la vida y de intentar ser mejores personas…

Nos hizo ver que había algo más, así que nos sugirió conocer a un viejo amigo suyo llamado Charles Lutwidge Dodgson; pero a quien todo el mundo conocía por el nombre de Lewis Carroll.

Todos sentíamos una gran curiosidad por saber de qué se trataba, qué era aquello que debíamos tener en cuenta en nuestras vidas y que, posiblemente, nos explicaría ese tal Lewis Carroll; así que aceptamos la propuesta del señor Keating y nos dirigimos hacia una pequeña casita bastante descuidada…

Cuando entramos, todos nos quedamos sorprendidos al ver en su interior una inmensa nube de humo que surgía de la figura de un tipejo que parecía meditar tumbado en el suelo; la verdad es que nos sentíamos un poco incómodos, aquel humo de fuerte olor nos hizo pensar que el señor Keating nos había llevado al sitio inapropiado, pero esa primera impresión pronto cambiaría.

Lewis Carroll se levantó y nos saludó amablemente a todos, nos invitó a sentarnos en el suelo y guiñó un ojo al señor Keating, que le respondió levantando el pulgar; parecía como si aquella visita estuviese planeada desde hacía mucho tiempo, como si aquellos dos hombres hubiesen programado minuciosamente todo nuestro viaje por el mundo de la literatura…

El señor Carroll comenzó a hablar y a hacernos preguntas bastante extrañas: “¿Creéis que los animales pueden hablar?”, “¿Diríais que uno y uno es siempre igual a dos?”, “¿Quién pensáis que viene antes, el huevo o la gallina?”…

La cabeza empezaba a darnos vueltas, en apenas cinco minutos había realizado decenas de preguntas extrañas de difícil respuesta; parecía que todas ellas tenían trampa, pero aquel extraño hombre ni siquiera nos dejaba contestar.

Una vez terminó de realizar preguntas, el señor Carroll comenzó a hablar de la importancia que tenía para la humanidad el hecho de que existieran personas capaces de cuestionarse cualquier cosa y de tener en cuenta que, en ocasiones, nuestros sentidos no podrían dar respuesta a todo; insistía continuamente en la idea de que el ser humano había forjado su progreso a través de aquellos hombres inconformistas que nunca daban una respuesta por válida hasta no haberse cerciorado por sí mismos de que, realmente, es válida y, finalmente, nos leyó un artículo llamado “El nonsense, un arma contra las mentes cuadradas”.

Y es que es cierto que, si Newton no se hubiese preguntado por qué había caído aquella manzana; probablemente todos seguiríamos pensando que las cosas simplemente caen, porque caen… ¡¡Y punto!!

Puede parecer muy drástico leer algo así e incluso puede que todos creamos que nos preguntamos el porqué de las cosas y que sólo dejamos de cuestionarnos aquello que sabemos o que, simplemente, hemos decidido tomar por válido tras haber tomado conciencia de que es algo cierto; pero… ¿¿Alguno de vosotros sabe de qué está formado el polvo?? Y, si lo sabéis… ¿¿No sería lógico pensar que en las casas abandonadas debería haber menos polvo??

¿¿Veis?? Resulta que no estaba siendo tan drástico al afirmar que seguiríamos pensando que las cosas suceden porque deben suceder así y que nadie se cuestionaría los motivos que provocan que algo suceda de una determinada manera; de esta forma, si nadie tuviese la curiosidad o el interés de investigar acerca de algo tan insignificante como el polvo, seguramente todos seguiríamos pensando que el polvo surge, porque surge… ¡¡¡Y punto!!!

Y es que, tras habernos leído el señor Carroll aquel artículo de Consuelo Armijo, todos pudimos reflexionar acerca de la importancia de cuestionarnos todo y de no dejarnos guiar por todo aquello que se publica en los medios de comunicación, que nos dicen nuestros profesores o que afirman los investigadores; pues lo cierto es que, a lo largo de los siglos, toda aquella ciencia que los hombres de la época consideraban como verdadera y única, ha evolucionado tantísimo que muchas de las ideas primitivas de la ciencia han quedado en entredicho e incluso han terminado siendo desechadas.

Ahora entendíamos al señor Keating cuando nos dijo que en la vida había mucho más que aquello a lo que nos estábamos aferrando… ¡¡Nos quería hacer ver la importancia de abrir nuestras mentes, de cuestionarnos todo y de ser críticos con aquello que se considera como válido y verdadero!!

¿¿Acaso no se tenía por válido y verdadero que nuestro planeta era plano?? ¿¿Qué necesidad había entonces de seguir planteándose preguntas acerca de ese tema?? ¿¿No sería arriesgado poner en jaque la creencia de la época por defender una idea propia??

Como podemos observar, en ocasiones es importante seguir cuestionándose aquello que parece cierto y que todos hemos considerado válido desde el momento de nuestro nacimiento; pero también es importante el hecho de defender nuestras propias opiniones, investigaciones e ideas hasta el final, siempre argumentándolas e intentando ser objetivos.

Además, tras escuchar las palabras del señor Carroll y haber recapacitado mucho acerca de aquel artículo; nos dimos cuenta de la importancia que tiene, también, el hecho de rodearte de gente con opiniones muy diferentes a la propia y de pasar tiempo conversando con aquellas personas cuya forma de pensar es muy diferente a la nuestra, pues de esta forma tendremos mucho más fácil el hecho de replantearnos nuestras ideas y observaremos cómo nuestra mente se va abriendo poco a poco.

Y es que, si nuestra obligación como futuros maestros es formar personas que se cuestionen absolutamente todo y sean capaces de pensar por sí mismos, si realmente deseamos formar personas críticas e inconformistas que siempre buscan progresar y si de nosotros va a depender que las generaciones del futuro sigan progresando… ¿¿No deberíamos ser nosotros mismos los que nos cuestionemos todo?? ¿¿No es nuestra obligación ser curiosos e intentar dar respuesta a todo aquello que no sabemos?? ¿¿Acaso podríamos ayudar a pensar a alguien de forma crítica y a abrir su mente, si nosotros no somos capaces de hacerlo??

Estábamos todos demasiado ocupados pensando en todo aquello del “nonsense”, hacíamos esfuerzos por intentar abrir nuestra mente y pensábamos en la manera de hacer posible lo imposible cuando, de repente, el señor Carroll nos preguntó por el color de su camisa…

Sin dudarlo, todos dijimos muy convencidos que era de color rosa, pero el señor Keating se echó a reír y le pidió a su amigo paciencia, decía que aún necesitaríamos tiempo para asimilarlo todo; pero Lewis Carroll decidió darnos una última lección muy útil, así que nos volvió a mirar y dijo que si a nosotros nos parecía rosa, él diría que su camisa era blanca y que ninguno de nosotros podríamos negárselo.

¡¡¡Pero era rosa!!! No había forma de verlo de otra manera y, aunque el señor Carroll nos había hecho pensar mucho, esta vez estaba equivocado…

Entonces, consciente del silencio que se había formado tras su afirmación, nos pidió que nos acercásemos un poco más y nos dijo si no veíamos también una línea blanca al lado de cada una de las líneas rosas que formaban la prenda; era una de esas camisas conocidas por el nombre de “mil rayas” y, lo cierto, es que estaba formada por diminutas rayas rosas y blancas, pero el efecto óptico hacía que se viese de color rosa.

De esta forma, el señor Keating intervino diciéndonos que lo que quería hacernos entender su amigo Lewis era que siempre debíamos dudar de todo y tener en cuenta que, a veces, lo imposible puede ser posible y lo fantástico tan real como que estábamos allí…

¡¡¡Y así es como entendimos que, en ocasiones, ni siquiera podíamos fiarnos de nuestros sentidos; que siempre debíamos observar con atención y que era importante entender la necesidad de dudar de aquellas primeras impresiones traicioneras que cierran nuestra mente!!!

4 ene 2012

¡¡Motivándonos con Vashti!!

Al salir de la cueva nos quedamos impresionados ante la gran pintura que estaba realizando una niña; parecía ensimismada con el paisaje que tenía ante sus ojos y con su deseo de plasmarlo todo perfectamente sobre el lienzo pero, de repente, la voz del señor Keating hizo que se girase y viniese hacia nosotros.

Y es que, en aquel mágico mundo de la literatura, el profesor Keating era uno de los profesores de aquella niña llamada Vashti; una pequeña artista que, con una sonrisa, nos confesó que gracias a la motivación de una antigua profesora consiguió hacer de la pintura una forma de vida y, del lienzo, el soporte de sus sentimientos.


De esta forma, la niña comenzó a contarnos su propia historia; una historia que comenzaba con una pequeña Vashti angustiada ante un trozo de papel…

Y es que, esta pequeña alumna, era una de esas muchas personas desmotivadas al creer que no eran capaces de hacer una determinada tarea de forma correcta; una niña que, hasta ese momento, jamás había recibido un reconocimiento a sus esfuerzos o un apoyo ante su falta de estímulo para afrontar sus obligaciones en la escuela.

Pero entonces llegó aquella profesora que hizo pensar a esta jovencita que aquel punto dibujado en un trozo de papel se trataba de una obra de arte; aquella maestra que despertó en Vashti ese espíritu de superación que, a su vez, provocó que disfrutara realizando pinturas que siempre firmaba.

Porque, quizás, al principio las obras de la pequeña artista no eran demasiado buenas; pero el hecho de ver que alguien las valoraba supuso un impulso para valorarse a sí misma y creer que era capaz de hacer grandes cosas que, finalmente, consiguió…

Y cuando, finalmente, sus pinturas fueron tan bien valoradas en la exposición de la Escuela de Arte, un niño más pequeño se acercó a Vashti admirando todo aquello que era capaz de hacer y soñando con llegar algún día a conseguir hacer pinturas tan buenas como las suyas; fue entonces cuando Vashti actúo con su admirador de la misma forma en que, antes, había actuado con ella su profesora.


De esta forma, vemos cómo la historia de Vashti está muy relacionada con la motivación de los alumnos y el conocido “efecto Pigmalión” con el que podemos conseguir que el rendimiento de una persona mejore en función de las expectativas que tengamos en esa persona; siendo la clave para ello el hecho de aumentar la autoestima de la persona en la que hemos depositado nuestra confianza.

Y es que, si tenemos en cuenta la “Teoría de la profecía autocumplida” de Rosenthal y Jacobson en la que estudian el efecto Pigmalión desde una perspectiva educativa, observaremos que las expectativas de los profesores pueden afectar en el progreso académico de los alumnos; así, un educador puede, consciente o inconscientemente, provocar en sus alumnos la obtención de unos mejores o peores resultados en función de los estímulos positivos o negativos que el niño reciba del profesor.


Por tanto, la historia de Vashti nos ha servido para comprender la importancia que tiene el hecho de que, como maestros, seamos capaces de afianzar la autoestima de nuestros alumnos y hacer que se sientan capaces e importantes; pero también nos ha hecho pensar en la obligación que tenemos de intentar motivar a nuestros alumnos y potenciar en cada niño los aspectos de su personalidad que más destaquen, así como favorecer que se apoyen en sus destrezas y que tomen conciencia de todo aquello que son capaces de hacer bien.

De esta forma, y tras haber reflexionado mucho acerca de la importancia de desarrollar la autoestima y el autoconcepto de los propios niños; Vashti se despidió de nosotros y siguió pintando aquel cuadro que, sin la motivación y la confianza de aquella profesora, nunca hubiese conseguido realizar.

Nosotros, por otro lado, continuamos nuestro viaje por el mundo de la literatura con un señor Keating que, continuamente, nos repetía la importancia que tenía la profesión que pronto íbamos a estar desarrollando…

2 ene 2012

Visitando el club de los poetas muertos...

A la mañana siguiente nos dirigimos de nuevo hacia aquella cueva en la que se encontraba la puerta de entrada al mundo de la literatura; con un poco de miedo, pero a la vez entusiasmados, nos pusimos frente a la gran puerta de madera y tiramos de ella con muchísima fuerza, aunque nos sorprendió la facilidad con que se abrió ante nosotros…

Estábamos deseosos de entrar, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso hasta que, de repente, apareció un hombre muy amable que se ofreció para guiarnos por aquel maravilloso mundo de fantasía; era el señor Keating, aunque nos dijo que podíamos llamarle “capitán”…

Al principio pensábamos que estaba un poco tarado, pero su sonrisa y su amabilidad hicieron que enseguida desapareciera todo tipo de desconfianza y aceptáramos su compañía a lo largo de aquel nuevo viaje que comenzábamos por el mundo de la literatura…

Todos sonreíamos y estábamos ilusionados porque, sin darnos cuenta, habíamos finalizado una aventura para comenzar inmediatamente otra; sin apenas tiempo para asimilar el fin del viaje hacia el mundo de la literatura, nos habíamos adentrado en ese universo para explorarlo a fondo.

Enseguida, el Señor Keating nos propuso visitar la cueva en la que se reunían los jóvenes que habían decidido refundar el famoso “Club de los poetas muertos” al que, muchos años atrás, había pertenecido nuestro nuevo compañero de viaje; así que pensamos que, para comenzar a explorar el mundo de la literatura, aquella cuevecita podría ser un buen punto de partida.

Enseguida llegamos a aquella caverna en la que comenzamos a escuchar la larga historia de la película titulada “El club de los poetas muertos”:

En el colegio Welton, uno de los más prestigiosos de Estados Unidos, existen cuatro valores fundamentales que rigen la vida de todos los alumnos y profesores (tradición, honor, disciplina y grandeza); pero todo comenzará a cambiar cuando un antiguo alumno del propio colegio, el señor Keating, se convierta en el nuevo profesor de literatura y, desde el primer día, intente transmitir a sus alumnos el sentido de la vida y la necesidad de aprovechar el tiempo desde la filosofía del “Carpe Diem”.

El señor Keating, además, quería inculcar en sus alumnos el placer por una literatura que únicamente podía ser disfrutada si se vivía de verdad y se dejaba de intentar medir su grandeza; llegando a decir en un momento de la película que “leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana, y la raza humana está llena de pasión”.

Pero este profesor de literatura no era un innovador únicamente en su materia; pues, durante el final de aquella década de 1950, ya concebía la educación de una forma muy diferente a la escuela represiva y autoritaria de su tiempo e intentaba transformarla para hacer de la educación un proceso cuyo fin último fuese el de desarrollar en los alumnos un espíritu crítico y una capacidad para pensar por sí mismos.

De esta forma, el enfoque educativo del señor Keating estaba destinado a la formación de librepensadores con mentalidad abierta e interés por aprender y cuestionarlo absolutamente todo; pero siempre respetando las convicciones y las decisiones personales de cada uno.

Así, observamos cómo este profesor de literatura avisa constantemente del peligro de la conformidad y hace vivir a sus alumnos la literatura como algo maravilloso y de lo que poder disfrutar; llegando incluso a arrancar la página de un libro por considerarla “basura” y haciendo gala de algunos de los derechos del lector que, pocos años más tarde del estreno de la película, enumera Daniel Pennac en su obra “Como una novela”.

Pero como es lógico pensar el señor Keating jamás habría conseguido que sus alumnos se apasionaran por la literatura si él no fuese el primero en sentir amor por ella; llegando a vivir tan profundamente la poesía y, en especial, versos de la poesía “Oh capitán, mi capitán” de Walt Whitman, que animó a sus propios alumnos a dirigirse a él de esa manera.

Pero en ningún caso debemos pensar que este profesor perdió el respeto de sus alumnos por mostrarse cercano; pues, como observamos en la película, siempre se mostró exigente y puso todo de su parte para sacar lo mejor de los jóvenes, disfrutando de la educación y convirtiéndose en un consejero respetado y admirado por todos sus alumnos.

Y tanto caló la personalidad y el mensaje de este profesor en sus alumnos, tanto se impregnaron de la filosofía de vida del “Carpe Diem”, que las acciones de estos muchachos comenzaron a verse seriamente afectadas por su propia forma adolescente de entender el disfrute del momento y el aprovechamiento de las oportunidades; pues siempre se animaban los unos a los otros para actuar de forma un tanto irracional alegando que el señor Keating siempre les había animado a perseguir sus sueños…

Pero nadie podía pensar que la tragedia acechaba al más soñador de aquellos jóvenes que disfrutaban de la literatura y de la poesía como una forma de vida; en ningún caso se habrían imaginado que el hecho de perseguir sus sueños y enfrentarse a su padre terminaría acabando con su vida, convirtiendo al joven en la víctima de un ideal que le llevó al suicidio.

Además, la muerte de Neil hay que verla como un símbolo de romanticismo adolescente en el que el propio joven quiere poner fin a una vida a la que ya no encuentra sentido, observándose la extraña comodidad que siente en el momento de su muerte al saber que había cumplido el sueño de actuar en aquella obra de teatro de la que había salido ovacionado; llevando al extremo una filosofía de vida que, con la prohibición de su padre, había perdido sentido.

De esta forma, en sus últimos momentos, el joven Neil se aferraba al hecho de haber aprovechado el momento mientras pudo; se sentía feliz por haber alcanzado un sueño y por haber disfrutado de todo lo que había vivido en los últimos meses y haciendo gala de aquella primera frase para ser leída al comienzo de las reuniones del Club de los Poetas Muertos:

“Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida; dejar de lado todo lo que no fuera la vida para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido”.

Y, tras la catástrofe que supuso el suicidio de un joven prometedor, todo el mundo buscó un culpable que encontraron en el señor Keating; hacia el que se volvieron todas las críticas y al que destituyeron de su cargo como profesor de literatura en el colegio Welton.

Pero aquellos jóvenes habían absorbido de tal forma las ideas del señor Keating y habían asimilado tantísimo la necesidad de ser críticos y pensar por sí mismos, a pesar de que todas las circunstancias estuviesen en contra de su pensamiento; que todavía tuvieron tiempo para rendir un gran homenaje a aquel profesor que les había marcado, les había hecho disfrutar de la literatura y les había inculcado una forma diferente de ver la vida.

Y, de esta forma, es cómo comprendimos en aquella cueva la importancia que tiene el hecho de amar nuestra profesión como lo hizo el señor Keating en su momento; la necesidad de contribuir a formar personas con capacidad de pensar por sí mismas, que se rebelen contra las injusticias y que sean capaces de disfrutar de la vida con responsabilidad y luchando siempre por alcanzar sus sueños.

Porque, bajo mi punto de vista, un buen profesor no es aquel que consigue que sus alumnos estén más o menos callados en clase y que memoricen mayor o menor cantidad de contenidos; sino aquel que consigue que sus alumnos disfruten aprendiendo, que despierta el interés por la materia y que se gana la admiración de sus propios alumnos desde el respeto, la cercanía y la comprensión.

Además, creo que los maestros del futuro debemos hacer todo cuanto esté en nuestra mano para mejorar la educación desde dentro y conseguir que, poco a poco, la sociedad mejore; y es por esto que, entre todos, debemos trabajar para que nuestros alumnos se conviertan en grandes personas del futuro, haciendo gala de aquella frase de Pitágoras que decía: “Eduquemos a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.

Así, tras haber reflexionado mucho acerca de aquella historia y con lágrimas en los ojos al recordar aquella historia, es como el señor Keating nos sacó de aquella pequeña cueva para seguir mostrándonos el maravilloso mundo de la literatura.


31 dic 2011

Sentados alrededor de la hoguera...

Hace muy poco hicimos la última parada de nuestra aventura hacia el mundo de la literatura; llegamos al pueblecito de los literatos y dimos por concluido el viaje, pero al despertarnos a la mañana siguiente, observamos en la lejanía una especie de cueva sostenida por dos pilares de piedra.

Habíamos recorrido un largo camino, habíamos superado multitud de dificultades y nos habíamos esforzado muchísimo como para temer entrar en aquella cueva para investigar lo que había en su interior; así que nos dirigimos hacia allí con la intención de curiosear un poco…

Era una entrada enorme y la piedra de los pilares que sostenían la entrada estaba tallada con multitud de nombres, pero no prestamos demasiada atención a ese detalle y accedimos unos metros hasta llegar a una inmensa puerta de madera; sobre ella, tallada en la propia roca que formaba la cueva, podíamos ver la siguiente inscripción: “¡¡Bienvenidos al mundo de la literatura!!”.

¡¡¡Realmente existía!!!

Aquella aventura en la que nos embarcamos hace tiempo tenía por objetivo conocer mucho más acerca de este maravilloso mundo, pero nunca llegamos a pensar que realmente existía físicamente; no podíamos imaginar que, tras una gran puerta de madera, existiera un mundo en el que se recogiera todo aquello que habíamos experimentado en nuestro largo trayecto.

Intentamos abrir aquella puerta, pero estaba cerrada; así que decidimos volver al pueblecito de los literatos para encontrar la manera de acceder a ese mágico mundo.

Había anochecido, así que decidimos encender una hoguera y repasar juntos todo lo que había acontecido durante nuestra aventura hasta allí.

Recordamos nuestra total ignorancia mientras preparábamos un viaje para aprender sobre algo que ni siquiera éramos capaces de definir, repasamos juntos las anécdotas que vivimos por las calles de la literatura infantil y revivimos los momentos vividos en aquel pequeño puerto rodeado por un mar de letras.

¡¡Incluso miramos al firmamento para rememorar a ese pequeño potrillo que era capaz de guiarse por las estrellas!!

También estuvimos comentando el paso por nuestra tierra, la belleza del legado que habían dejado nuestros antepasados e incluso la maravillosa gastronomía de la que disfrutamos en comparación con el resto de lugares visitados… ¡¡¡Llevábamos sin probar el jamón desde nuestro paso por España!!!

Y, mientras hablábamos de nuestro hogar, nos acordamos de la visita de nuestros hermanos puertorriqueños, de aquellos momentos divertidos que pasamos junto a ellos y de la preciosa despedida que nos brindaron.

Estábamos absortos en nuestros pensamientos y nos divertíamos recordando todo lo que habíamos vivido; ni siquiera nos habíamos percatado de la presencia de aquella mujer que nos observaba pacientemente…

Estaba sonriendo mientras nos escuchaba y decenas de mariposas revoloteaban a su alrededor; se acercó para sentarse con nosotros y nos contó que había nacido en el pequeño pueblecito de grandes lectores pero que, hace unos años, decidió venir a vivir al pueblo de los literatos para trabajar allí en la creación de sueños y mundos fantásticos.

Parecía entusiasmada con nuestra historia y nos pidió que siguiéramos hablando de nuestro viaje; así que decidimos contarle la historia de aquella chica llamada Gea a quienes los hombres del pasado renombraron como “Verdeprado” y le explicamos cómo nos custodiaron las hadas y los duendes en nuestro camino por aquellos parajes folclóricos en los que habíamos conocido a tantísima gente.

Fue entonces cuando la mujer nos preguntó por el pueblo de los lectores; ella sabía perfectamente que era la siguiente parada en nuestro viaje y estaba preocupada por cómo podían ir las cosas en su pueblo natal…

Pronto comenzamos a explicar nuestro paso por el pueblecito de lectores y la visita que realizamos a la granja de ac“kiwi”dades; repasamos juntos las claves para conseguir hacer de los niños unos grandes lectores y vimos tranquilizarse a aquella mujer cuando dijimos que la vida en el pueblo iba de maravilla y que sus habitantes habían cuidado mucho de nosotros.

Y, así, es como le explicamos nuestra llegada al pueblecito en el que ahora vivía; le contamos nuestra pequeña escapada a la fábrica de sueños y le confesamos que incluso habíamos llegado a poner en marcha la maquinaria de la creatividad para realizar algunas obras que llevábamos con nosotros.

Entonces decidimos preguntar a nuestra nueva amiga por aquella enorme puerta de madera incrustada en la cueva y por la imposibilidad de acceder al mundo de la literatura; nos explicó que, para entrar en ese mundo, no valía simplemente con tener curiosidad, que no todo el mundo era capaz de acceder y que la puerta sólo se abriría cuando nuestro propio corazón desprendiera un auténtico deseo por conocer aquellas tierras de fantasía.

Al ver nuestras caras de decepción, decidió cambiar de tema y preguntarnos por todo aquello que habíamos aprendido a lo largo de nuestro viaje…

Entonces, después de reflexionar un poco más y analizar el viaje de forma global, pudimos manifestar que aquella aventura nos había servido para el desarrollo de nuestra futura labor como profesionales; que habíamos sacado mucho de todas aquellas fuentes de las que habíamos bebido en el camino, pero que igual de importantes habían sido otras muchas fuentes de información a las que no habíamos hecho referencia y que también nos habían sido muy útiles para aprender.

Igualmente mencionamos el gusto que habíamos adquirido por la literatura y todas aquellas formas de trabajar que habíamos adquirido para emplear con las futuras generaciones, confesamos que nuestro nivel de conocimiento había aumentado mucho durante el trayecto y que incluso habíamos aprendido a trabajar en equipo y a solucionar los problemas que a veces nos habíamos encontrado; pero, sobre todo, quisimos destacar el espíritu de superación, el esfuerzo realizado para llegar hasta allí y la posibilidad que nos había brindado aquel viaje para aprender a investigar, para valernos por nosotros mismos y para convertirnos, poco a poco, en mejores personas…

¡¡¡Ahora lo entendíamos todo!!!

Según íbamos recordando nuestro viaje, el deseo por entrar en el mundo de la literatura aumentaba y nuestro apetito literario se hacía cada vez más grande; aquella conversación alrededor de la hoguera había terminado de prepararnos para sobrepasar aquella puerta que escondía infinidad de secretos, así que decidimos descansar y esperar a ver qué nos deparaba el mundo de la literatura al día siguiente…

¡¡¡Y es que pronto estaríamos visitando aquel universo de fantasía!!!

30 dic 2011

¡¡Creando un mundo de fantasía!!

Hemos llegado al final de nuestro viaje y, entre lágrimas y sonrisas, todos nos felicitamos por todo lo aprendido a lo largo del camino; pero aún no ha llegado el momento de analizar el viaje de forma global…

Y es que esta quinta etapa también ha dejado multitud de cosas interesantes que merece la pena comentar y analizar; pues, en este tiempo, pudimos visitar el pueblecito en el que nacen los grandes literatos que trabajan en esa gran fábrica de sueños de la que salen todas las creaciones enviadas a todos los rincones del mundo y, especialmente, al pueblecito de lectores.

¡¡Incluso tuvimos la oportunidad de colarnos en la fábrica y poner en funcionamiento la maquinaria de la creatividad con la que realizamos algunos textos de diferente tipo!!

Y es que, cuando uno se decide a crear un texto, se da cuenta de lo divertido que puede llegar a ser; pues, a través de una idea principal, puede intentar transmitir muchísimo.

Además… ¡¡También es interesante imaginar, mientras escribes, la reacción que ocasionarán en los lectores todo ese flujo de palabras y frases que salen del interior!!

Pero creo que también es importante decir que, durante el trayecto de esta etapa, hemos aprendido cómo podemos aportar algo a ese mágico mundo que hemos recorrido durante tantos meses; pues no era justo pasar por el mundo de la literatura sin haber dejado nuestra huella.

No obstante, todo esto debe madurar en nuestro interior y servir para ofrecer a las futuras generaciones el fruto de la creatividad y de la ilusión por aportar algo a la literatura; pues, si somos capaces de mostrarnos como ejemplo de persona que disfruta escribiendo, conseguiremos despertar en nuestros alumnos una curiosidad e interés por conocer los placeres de la creación literaria.

Porque si no existen personas capaces de crear literatura, los lectores se verán privados del placer que supone el hecho de introducirse en mundos de fantasía e ilusión…

Por eso, desde aquí propongo animar a padres y abuelos para que sean ellos mismos los que inventen una historia que puedan contar a los más pequeños de la casa y gozar de la alegría que supone ver cómo brillan los ojos de aquel pequeño que sueña con unos personajes creados por las personas a las que más quiere; pues, si hay algo mejor que ver a un pequeño disfrutar, es verle disfrutar con algo que tú mismo has realizado…

Y ahora que he decidido aportar un poco al mundo de la literatura… ¿¿Te animas a acompañarme??

¡¡Trabajando en la fábrica de sueños!!

La actividad de este quinto bloque consiste en la creación de diferentes textos literarios (uno en verso, uno en prosa y un diálogo teatral); teniendo en cuenta todo aquello que hemos aprendido en nuestra visita al pueblo de los grandes literatos.

Y, con estas creaciones, quiero realizar un pequeño homenaje a la tierra de mis padres y abuelos (porque la gente manchega, bien lo merece), a esa persona que tanto me ha aportado y que me ha enseñado a disfrutar de los buenos momentos y aprender de aquellas situaciones dolorosas por las que todos debemos pasar (porque han sido muchos momentos inolvidables junto a ti) y también a los golfos con los que he compartido casi media vida y siguen a mi lado (porque, si llegáis a leer todo esto y echáis la vista atrás, no os extrañaría haber sido realmente los protagonistas de aquella situación que os dedico...).

Verso

Tierra de bellos gigantes,
grandiosos como elefantes;
tierra de pan, vino y queso,
donde recibí el primer beso;
tierra de mil tradiciones,
que no permite traiciones.
Por sus calles he jugado,
he reído y vacilado;
pues la tierra de la Mancha,
tiene un ambiente que engancha;
sin olvidar a su gente,
que tengo siempre presente.
Y si no es mucho pedir
yo les querría decir
que se acerquen por mi tierra
donde no existe la guerra;
sin olvidar la cartera
para gastar donde quiera.
Pues lo realmente importante…
¡¡¡Es que deje un buen montante!!!


Prosa

¡¡Poder galopar en libertad por aquellos verdes campos!! ¡¡Disfrutar de una suave brisa que acaricia la piel!! ¡¡Sentir la cálida luz del Sol bañando el horizonte!!

Cualquier persona habría asegurado que estoy hablando del sueño de algún animal salvaje, pero lo cierto es que todo aquello se había convertido en una especie de pesadilla adictiva para mí; una continua alucinación a la que temía, pero de la que no quería despertar…

Porque aquel caballo galopaba desesperado, temeroso y perdido en aquel verde infinito; buscando la manera de poder disfrutar de sus sueños, persiguiendo aquellas sensaciones que poco a poco había ido perdiendo, luchando por no rendirse y confundido al no poder gozar de un lugar tan hermoso.

Y así es como me sentía yo mismo cada vez que la noche me llevaba a aquel mundo imaginario pero, a la vez, conocido; de alguna manera me sentía conectado a aquel caballo y a la inmensa profundidad de aquel verde paisaje del que no podía escapar.

Pero, una mañana más, el despertador me había sacado de aquel lugar para devolverme al mundo real, para recordarme que debía afrontar mis obligaciones y hacerme consciente de mi forma humana; así que salí de la cama lo más rápido que pude y me metí en la ducha, pero aquel frío invernal ya había penetrado en mis huesos haciéndome sentir aún más desorientado y somnoliento.

Cuando recuperé el calor corporal comencé a vestirme muy despacito mientras daba vueltas a aquel sueño; al pensamiento que me atraparía durante el resto del día y que borraría la sonrisa de mi rostro.

Llevaba varios días absorto en mis propias ilusiones, demasiado ocupado intentando dar sentido a mis visiones nocturnas y deseoso de volver a aquella prisión que me había propuesto convertir en el paraíso del que merecía disfrutar aquel caballo salvaje; pero necesitaba estar dormido demasiado tiempo, necesitaba soñar las suficientes horas como para saber qué estaba ocurriéndome en aquellos sueños y por qué, cada vez que me dormía, adoptaba la forma de un hermoso caballo salvaje. Así que aquella noche decidí mantenerme despierto para acumular sueño y poder resolver los enigmas de aquella fantasía.

Y, al fin, llegó la noche siguiente. Me notaba cansado, aturdido y extrañamente feliz al saber que encontraría el significado de un sueño que estaba cambiando mi vida; así que, tan rápido como pude, me metí en la cama intentando quedarme dormido cuanto antes…

De repente, sentí cómo me convertía en aquel caballo de belleza incomparable y pronto comencé a huir sin entender nada, simplemente galopaba y sentía cómo la incertidumbre se apoderaba de mis acciones; ni siquiera sabía cuál era el camino correcto, estaba perdido y desesperado, así que decidí tumbarme en aquella cama de tréboles que se había formado junto al lago.

Parecía un buen lugar para rendirme y esperar a que me atrapara todo aquello de lo que había estado huyendo; pero, de repente, del interior de aquel lago surgió una pequeña grulla que se dirigió hacia mí.

- ¿¿Por qué huye una criatura tan fuerte y noble?? – Me preguntó la grulla.
- Algo me persigue y ya no me quedan fuerzas para seguir huyendo… ¡¡Esperaré pacientemente lo que me deparé el destino!! – Contesté enfadado por su intromisión.
- ¡¡Debes enfrentarte a tus miedos, hermoso caballo!!! – Replicó el ave mientras desaparecía dentro del lago.
- Pero… ¡¡Tengo miedo de que me hagan daño!! – Dije para mí mismo.

Estuve allí tumbado varias horas, asustado y pensando en las palabras de aquel pájaro, pero seguía sin tener fuerza para levantarme.

De repente, me di cuenta de que llevaba mucho tiempo huyendo de mis propios miedos y de que, así, jamás conseguiría hacer de aquel lugar un paraíso en el que poder disfrutar; y fue entonces cuando tomé conciencia de que lo único que me perseguía era mi temor, por lo que decidí levantarme y volver sobre mis pasos…

Al principio trotaba temeroso, con cautela y mirando con atención todo cuanto me rodeaba, pero poco a poco me iba sintiendo más confiado y pronto me vi galopando a gran velocidad; disfrutando, por primera vez, de aquella libertad que había recuperado librándome de mis temores.

En aquel momento observé a mi lado a una preciosa yegua que me acompañaba en el galope, se esbozaba una pequeña sonrisa en su cara y me hizo un gesto para que mirase hacia atrás; al girarme, mientras continuaba galopando, pude ver cómo, juntos, liderábamos el firme cabalgar de todos los caballos que nos acompañaban alegremente.

Decidí disminuir la marcha hasta detenerme completamente, todos me rodearon y comenzaron a jugar conmigo, alegres de volver a verme; y, aunque no sabía muy bien quiénes eran mis nuevos compañeros de viaje, lo cierto es que tenía la sensación de conocer a todos ellos y era consciente de la felicidad que me estaban aportando…

- ¡¡¡Por fin podré disfrutar de este paraíso junto a los míos!!! – Pensé.
- Nunca he dejado de estar a tu lado. – Me susurró aquella preciosa yegua.

Pero, antes de poder responder, me desperté con una gran sensación de felicidad; había conseguido devolver a aquel caballo al paraíso en el que merecía estar y, de alguna manera, sentía que mi destino estaría ligado al suyo.

Y, así, es como volví a disfrutar de los pequeños detalles de la vida sin miedo a sufrir decepciones; recordando siempre a aquel caballo salvaje que vivía feliz rodeado de los suyos y sonriendo al pensar en ese mundo de fantasía del que podía disfrutar todas las noches.


Diálogo teatral

La acción se desarrolla en una vieja casita al norte de España, la vieja vivienda ha quedado sin electricidad y los personajes están sumidos en una densa oscuridad; algunos de los personajes se encontraban en el sótano de la casa y David entra en escena bajando las escaleras.

David: ¡¡Salid de ahí!!

(Silencio).

David: Venga… ¡¡¡Ya está bien!!!

(Silencio).

David: Si salís… ¡¡Os cuento una cosita!!

(Silencio).

David: Pues os doy un toque… ¡¡Estoy cogiendo el móvil!! ¿Eh?

(Silencio).

Javier: ¡¡¡Arramalacachuche!!!

(David da un respingo, mientras Jaime se ríe a carcajadas).

David: ¡¡¡Pedazo de…!!!

Jaime: ¡¡Vaya susto!! ¿Eh?

David: ¡¡¡Arrieros somos!!! Y con lo miedoso que es nuestro querido Javier, ya verás tú…

Javier: Anda, anda. No seas rencoroso, que si no irás al infierno.

David: ¡¡Pues allí te espero!! ¡¡Desgraciado!!

Javier: Jajajajaja. Cállate, que cuanto más te enfadas, más gracia me hace.

David: Bueno… ¿¿Qué ha pasado??

Jaime: ¿¿Pues no lo ves??

Javier: Hombre, Jaime… Ver, lo que se dice ver… ¡¡¡Poquito!!! Jajajaja.

Jaime: Ya está el listo…

Javier: Vaya… ¡¡Os veo nerviosos!! ¿¿Estáis con vuestros temas de mujeres o qué??

(Mientras los tres chicos mantienen su conversación, Paula, Cristina y Alicia bajan las escaleras en silencio).

David: Bueno… ¿¿Dónde está Miguel??

Jaime: ¿¿Tú qué crees??

David: ¡¡Durmiendo!!

(Los tres comienzan a reír y de repente…).

Cristina, Paula y Alicia: ¡¡Buuuuuuuuuuu!!

(La risa se convierte en un grito ahogado de los tres chicos).

Javier: ¡¡La madre que os parió!!

(Las chicas se ríen mientras los chicos, a tientas, buscan dónde están).

Paula: ¡¡Eeeeh!! ¡¡Cuidado!! ¡¡Que se mira, pero no se toca!!

David: Uuuuups… ¡¡Lo siento!!

(Todos comienzan a reír).

Alicia: Bueno, ahora que nos hemos encontrado... Raúl y Mónica están intentando solucionar el tema de la luz.

Cristina: Sí, han dicho que esperemos aquí.

Jaime: Pues nada… ¡¡Esperemos!!

Paula: ¡¡Chicos!! ¿¿Qué os parece si…??

Jaime: ¡¡¡Perfecto!!!

Paula: Pero si aún no he dicho nada…

Jaime: Ya… Pero el ambiente es propicio para…

Paula, Cristina y Alicia: ¡¡Pero qué cerdo!!

David: ¡¡Contar historias de miedo!!

(Los tres chicos comienzan a reírse)

Alicia: Pues la verdad es que no estaría mal…

Cristina: Anda chicos… ¿¿Por qué no encendéis un fuego en la chimenea??

(Silencio).

Paula: ¡¡Porfaaaaa!!

David: ¡¡Está bien!! ¡¡Pero no empecéis con eso!!

(Los tres chicos se acercan a tientas a la chimenea y encienden con dificultad un fuego alrededor del que se sientan junto a las chicas).

Javier: ¡¡Pues ya está!! ¡¡Ahora sólo hay que esperar a que vuelva la electricidad!!

Cristina: Conozco una historia muy buena, pero…

Javier: Te da miedo, ¿no?

Cristina: Un poco…

Paula: Bueno… ¡¡Podemos hacer otra cosa!!

(En ese momento, el sótano se ilumina y los personajes se dan cuenta de que la electricidad se ha restablecido).

Jaime: Sí… ¡¡Por ejemplo ir a cenar!!

David: ¡¡Pues ale!! ¡¡Al lío!!

Javier: Qué cerquita ha estado, ¿eh, Cris?

Cristina: Jajajaja. ¡¡Bobo!!

Paula: Bueno… ¡¡Al menos esta noche podrás dormir tranquila!!

(Entre risas, los seis jóvenes suben las escaleras y desaparecen de la escena).